lunes, 11 de noviembre de 2013

Qué decir!


Edinburgh November 2013

sábado, 2 de noviembre de 2013

Yo quería escribir una novela...

Yo quería escribir una novela. Pero ¿qué novela?
Sentada a mi escritorio una vez más el domingo por la tarde -un momento de la semana que había empezado a temer-, comprobaba que como todos los domingos por la tarde, reinaba el silencio, la ventana mostraba las mismas siluetas de tejado y antenas y la página seguía en blanco.
Pero bien mirado, ¿una novela? ¿Por qué una novela? ¿Por qué no una galería de retratos?... Sí, ¿Por qué no? O una comedia. O un libro de aforismos. O un drama en cinco actos...  O una epopeya de diez mil versos. o un haiku de cuatro... ¡Maldita Libertad! Una novela, qué demonios, no se hable más, he dicho una novela. Vale. Sigamos. ¿Con qué argumento?
Pasaba otra media hora
Veamos... El argumento no es más que un pretexto, cualquiera sirve... Si, cualquier cosa puede servir como punto de partida... Un escenario, unos personajes... Recorría mentalmente la casa, la calles... ¿Por qué no la lechera y el guardia jurado?
Bien. De acuerdo. Pero ¿qué hacer con ese material?... ¿Un relato costumbrista, celebrando lo sano y pintoresco que es el pueblo llano? ¿Al estilo de Mesonero Romanos, con sus chistes baturros?...
-No, claro -convenía conmigo misma-. No, eso ni hablar.
-¿Realismo social, entonces? -proseguía mi alter ego-. ¿Mostrar la dureza de la vida de esas pobres gentes, su miseria material y mental?
-¿Por qué no?
-Mmm... Tendrías que hacerte amiga suya... cenar con ellos, compartir el pulpo a la gallega y el vino con gaseosa... tomar nota de sus latiguillos, todo eso de "¡ay, hijo!", "¡mira que eres!", lo de llamar "cocretas" a las croquetas y "mondarinas" a las mandarinas... ¿De veras estás dispuesta?
¿Confraternizar con ellos en su cuchitril con olor a col hervida? ¿Hablar de convenios, pagas extras y alquileres, del escandaloso precio del pescado, de una receta para aprovechar restos de pollo? ¿Borrar las fronteras entre su vida y la mia? ¿Descubrir que en el fondo tales fronteras eran imaginarias?... Sólo de pensarlo me daban ganas de meterme en la cama.
-Además -proseguía él-, el realismo social fue una moda de los años cincuenta, hoy no le interesa a nadie. 
-¿Y el realismo mágico?
Se encogió de hombros.
-Ya está inventado. No hagas eso tan típico delas mujeres que es tomar un género literario, o una corriente de pensamiento, una filosofía, lo que sea... y divulgarlo, abaratarlo, convertirlo en libro de quiosco. Inventa otra cosa.
Largo silencio. Al fin, tímidamente, aventuré:
-¿Y algo semifantástico?... Realista con un toque poético... Un personaje imaginario, uno solo. Que servirá además para unir diversas historias... o estampas... Mira, te explico -me iba animando-: Un personaje misterioso e invisible sobrevuela la ciudad y se va metiendo, una por una, en todas las casas...
Le brillaron los ojos.
-Bravo Blanca. Has encontrado un método estupendo: consiste en coger un clásico que nadie lee, en este caso El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara, mil seiscientos y algo, y reescribirlo en formad e novela moderna. Tendrías que patentarlo.
Me levanté humillada y furiosa, apagué la luz y me fui a preparar la cena.
Pero después de cenar volví a mi potro de tortura. Tenía que escribir una novela, como fuese, no podía soportar la perspectiva de vivir y morir sin haber escrito una novela. Pero ¿qué novela?
Me horrorizaban el realismo decimonónico, el realismo social, el realismo mágico, el costumbrismo, la novela rural, la novela política, la novela psicológica, la novela urbana, la novela católica, el existencialismo, el experimentalismo, el intimismo, el lirismo, la prosa poética, y en general, cualquier cosa concreta. No quería ser una escritorcita del montón, de mi tiempo y mi país -si hubiera podido habría escrito en esperanto-, ni siquiera una escritora: hasta el simple sufijo femenino ya era una odiosa limitación. No, yo quería ser un gran escritor universal, y escribir una novela abstracta, inteligentísima, cultísima, inatacable. No había entendido que la única obra que no ofrece flanco alguno a la crítica, imposible de destripar, despreciar, ridiculizar, en fin, la única novela -o cualquier cosa- perfecta, e la que no existe.
Cada mañana, cuando sonaba el despertador, emergía de un sueño profundo para encontrarme otra vez cara a cara con la desolación, con el vacío, con el miedo. Descubría que vivir duele, que duele ser libre, que duele ser. Con que alivio -y vergüenza- habría firmado, con los ojos cerrados, por una vida prefabricada, como la de la lechera y el guardia jurado, por un camino cualquiera, sin importarme adónde llevase, con tal de que estuviera ya trazado.

"Amor o lo que sea"
Laura Freixas

lunes, 7 de octubre de 2013

Podía haber sido así... Why not?

     Desde mi llegada a Inglaterra compartía piso en Emerson Terrace con otras dos muchachas, las dos más jóvenes, las dos rubias. Nos entendíamos bien; para las chicas yo simbolizaba que era posible llegar a la Universidad y superarla. También suponía dinero necesario para soportar el alquiler, alguien que sabía cocinar, el olor a naranjo, una sombra silenciosa en la ventana los días que anochecía pronto.
     A menudo, desde la calle, antes de subir las seis escaleras hacia nuestra casa compartida, ellas me saludaban con la mano. Yo continuaba inmóvil, y luego, cuando ya habían comenzado a caminar, levantaba el brazo y saludaba con desgana.
     Venían de pueblos pequeños en las Midlands, y la ciudad amortiguaba cada vez más sus ansias de escapar y acentuaba los prejuicios aprendidos. A veces se preguntaban qué sería de ellas cuando terminaran de estudiar y regresaran, cómo podrían soportar de nuevo la vida provinciana. Otras veces, ahogadas por la gente, la indiferencia de las miradas y la añoranza, deseaban una existencia corriente, un novio en su pueblo, unas fotos de boda expuestas en el escaparate de High Street, y una tumba entre las de sus familiares.
     Las niñas me recordaban una vida de adolescente que para mí ya no tendría lugar. Las muchachas eran corteses, llamaban a la puerta suavemente cuando habían comprado un pastel, o una prenda nueva, y me invitaban a fiestas, a que dictará mi opinión. Hablábamos de sus novios, que variaban casi cada fin de semana, y de sus exigencias. Gastaban increíbles cantidades de dinero en pequeñas tonterías, en horquillas de plástico, en lacas de uñas con estrellitas brillantes y purpurina de colores, en postales de cumpleaños, aunque no pudieran con ello permitirse ningún regalo más.
     Algunas veces las acompañaba de compras. Antes cuando estaba sola, recorría alguna librería, buscaba en las calles céntricas libros de saldo y títulos nuevos que debería conocer. Hacía tiempo que ya no compraba más libros, desde el día en que descubrí que los enseñaba a los demás como ellas los frasquitos de esmalte de uñas, que ya no me servían en privado. Necesitaba ostentarlos, demostrar que sabía.
     Ahora ya no gastaba dinero en libros, sino en música, algunas veces, o en comida, naranjas, aceite, embutido, aceitunas, vino tinto, cerezas rojas y negras, alimentos del sur llenos de luz, pero continuaba mi afición; podría cerrar los ojos y guiarme en alguna librería, solamente por la memoria. Ahora, porque amaba los libros, los dejaba dormir y desaparecer más tarde en las baldas altas.
     Los libros eran anclas, los libros me ataban e impedían que algún día mi voluntad flaqueara y pensara en regresar. Cada llamada de mi madre tendía el puente de vuelta, ofrecía, con tentadoras ondulaciones de sirena, un inicio nuevo en mí país. Envié una foto de mi cuarto a casa y ella se aterró.
     - ¿Qué harás con tantos libros? ¿Cómo los traerás contigo? Deberías buscar a alguien a quién regalárselos... alguna biblioteca. ¿Resultará caro enviarlos aquí?
     - Los necesito -me defendí-. Si no ¿Cómo pretendes que aprenda algo?
     Ella creía, honestamente, que todo finalizaría con las tonterías de juventud, que terminaría lo que fuera que había venido a hacer,  que el hogar tornaría, de nuevo, a ser lo que recordaba.
     Yo sabía ya entonces que no regresaría. Con mi última maleta cerré de golpe la puerta, y me aterraba transformarme en estatua de sal si volvía la vista atrás. Un día, cuando no lo esperaba, descubrí que Londres era mi sitio; lo descubrí después de jurar durante varios meses, en pubs  y reuniones de amigos, en charlas con mis compañeras y cartas a casa, que no regresaría.
     Sin violencia, sin movimientos bruscos para hacerse un hueco, sin los gestos dramáticos que ansiaba, me percaté de pronto de que sentía lo que venía diciendo con violencia, con gestos bruscos, con ademanes dramáticos: las mismas frases que me esforzaba por representar se habían convertido en realidad. De pronto mi país, mi familia, no inspiraron más que una ligera melancolía, la sensación de una pierna amputada, los nervios débiles y desorientados. Entonces, definitivamente extranjera, dejé de comprar libros.

Diabulus in Musica
Espido Freire 

viernes, 6 de septiembre de 2013

...Yo te recordaré!

 «Yo te recordaré tomando champán a escondidas en el cumpleaños de mi hermano...
»...te recordaré saltando de balcón en balcón el día que olvidaste las llaves, me recordaré durante aquel baile contigo con el vestido azul que te gustaba, nos recordaré rotos en llanto en el entierro de tu madre. Y quiero llenar el resto de años que nos quedan de recuerdos, quiero que creemos ahora la vida que luego será pasado, en lugar de que una laguna plácida y quieta se extienda de aquí allá. No es esto con lo que soñaba. Y como ya no somos niños, como todas las capacidades, y la fuerza, y el valor, todo lo que poseemos, lo conocemos ya, ven, habla conmigo. Vamos a convertirnos en viejos».

"Cartas de Amor y desamor"
Espido Freire

martes, 27 de agosto de 2013

sábado, 10 de agosto de 2013

martes, 6 de agosto de 2013

Hay cosas que merece la pena conservar...

Arvyditas
Benavente. Agosto 2013

lunes, 29 de julio de 2013

Y van 43...

... La amistad, junto con el romance, es uno de los pactos entre humanos más desconcertantes. Desconcierta porque existe una atracción en la que no interviene el físico, y porque aunque elegida, conlleva obligaciones. Más libre que el vínculo amoroso, mueve a veces a realizar sacrificios a los que no llevaría el amor. Y, por otro lado, el amigo se encuentra en un círculo íntimo que le permite causar daños definitivos.
La amistad es uno de los sentimientos más elevados, hasta el punto de que en 2007 la investigadora australiana Lynne Giles de la Universidad de Flinders, hacía público un estudio que su grupo de científicos había realizado: si la pérdida de un cónyuge o hijo aceleraba los procesos de enfermedad y muerte en ancianos, el poseer al menos un amigo preservaba de ese efecto y alargaba la vida.
Uno de los enemigos mortales de la amistad se presenta bajo la forma de rivalidad: en ocasiones, el estímulo del amigo puede conducir a una competitividad provechosa, de la que ambos se beneficien. Pero una rivalidad larvada, y que no encuentre resquicio para liberarse, puede llevar a la pérdida de la amistad o a la destrucción del amigo. De manera tradicional, las mujeres han mantenido una relación de mayor comunicación y mayor número de peleas y reconciliaciones dialécticas. Son amistades llenas de drama, en las que los conflictos son leves y se hablan, analizan y sortean. De manera también tradicional, los varones subliman esa relación de competencia con juegos físicos o enfrentándose en un tablero o pantalla.
Para un amigo envidioso, la presencia de la fortuna del otro resulta insufrible. Riquezas, honores o amor, está condenado a presenciarlo  a mostrar, además, su apoyo y su simpatía. El amigo que traiciona genera una herida aguda, que tarda en sanar tanto o más que una ruptura romántica, y que cuenta con el peligro de que el amigo, todavía dentro de los terrenos compartidos, pueda causar aún más daño. Un grupo dividido por un conflicto entre amigos se ve forzado a tomar partido y a la mediación, en realidad, no es sino un divorcio menor, y los consejos contra el desamor y el abandono son igualmente válidos aquí.
Para Conchi. 
Uno de los motivos por los que estoy convencida de que cumpliré Muchos Más
Los malos del Cuento (Espido Freire)

jueves, 25 de julio de 2013

sábado, 20 de julio de 2013

LA REINA DE LAS NIEVES


DE PRONTO, EL AMADO CAMBIA de actitud. Lo que eran caricias deja paso a la frialdad. Un día llega tarde, otro no llega, tan siquiera. La "otra" se lo ha llevado. El ser tan querido ya no nos reconoce. Ha cambiado como si le hubieran lavado el cerebro, o repuesto el corazón. Allá está, en su palacio, en brazos de la Reina de las Nieves.

Existen varios cuentos que hablan de maridos raptados por perversas mujeres, y de la búsqueda incesante de sus esposas para arrebatárselos a esas brujas. En una versión rusa, la mujer busca durante siete años, con un pajarito que deja caer una pluma cada siete pasos para guiarla, hasta que descubre que el marido, drogado cada noche por su nueva esposa, no la reconoce. Como excusa no está mal.

La misoginia a la que hemos aludido en varias ocasiones es tan intensa, y el amor pasado hunde tanto sus raíces en el alma, que preferimos odiar a la otra antes que responsabilizar al amado. Él no se hubiera ido por sí mismo, él ha sido engañado, convencido, seducido, abducido. Las mujeres que deciden recuperar a sus amados ausentes quedan advertidas por el cuento: la búsqueda es larga y dura, a través del hielo y del fuego, sin ninguna garantía ni esperanza.

Lo curioso es que por lo general las reinas de las nieves suelen permitir sin demasiada alharaca que el amado regrese con su primera mujer, una vez que el amnésico las ha reconocido. Cuando su magia termina, la dan por finalizada. Nadie verá a una reina de las nieves siete años tras el rastro de un niño perdido. Ya llegará otro al que seducir. Quizá eso sea lo más incomprensible para las princesas, ese desapego, esa frialdad que parece contagiarse al amado. Con lo satisfactoria que resulta una pelea de gatas.

Los malos del Cuento
Espido Freire